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¿Estamos dejando de hacer preguntas?

  • Foto del escritor: El diario cultural
    El diario cultural
  • 6 jul
  • 2 min de lectura

Actualizado: 18 jul

Escrito por: Melissa Drime Tijuana, Baja California, México


Vivimos rodeados de respuestas inmediatas. Pero quizá el verdadero desafío siga siendo conservar la curiosidad de hacernos preguntas.

Fotografía: Hannah Grapp / Pexels
Fotografía: Hannah Grapp / Pexels

¿Cuándo fue la última vez que te preguntaste por qué ocurre algo que ves todos los días?

Los niños parecen hacerlo de forma natural. Preguntan por qué llueve, por qué las aves vuelan, por qué existen las sombras o por qué el mar cambia de color. Sus preguntas pueden parecer interminables, pero detrás de cada una hay algo profundamente valioso: la curiosidad.

Basta pasar unos minutos con un niño para descubrir que una respuesta rara vez pone fin a la conversación. Al contrario, suele convertirse en el inicio de una nueva pregunta. Lo que para muchos adultos puede parecer una simple ocurrencia es, en realidad, la forma en que exploran, descubren y construyen su comprensión del mundo.

Trabajar con niños me ha permitido observar esa curiosidad de cerca. También me ha recordado la importancia de detenerme y mirar con atención aquello que normalmente damos por sentado. ¿Por qué el cielo es azul? ¿Por qué los perros caminan en cuatro patas? ¿Por qué tenemos cinco dedos?

Son preguntas sencillas que despiertan el deseo de comprender. Con el paso del tiempo dejamos de formularlas. Quizá porque creemos conocer ya las respuestas o porque las responsabilidades ocupan el espacio que antes pertenecía a la curiosidad.

Hoy vivimos rodeados de respuestas inmediatas. Basta escribir una pregunta en un buscador para obtener miles de resultados en cuestión de segundos. Nunca antes había sido tan fácil acceder a la información y, sin embargo, disponer de más respuestas no siempre significa comprender mejor aquello que buscamos conocer.

Comprender requiere tiempo. Requiere observar, relacionar ideas, contrastar perspectivas y, muchas veces, formular nuevas preguntas.

Conforme crecemos, algo cambia. Dejamos de preguntar con la misma frecuencia. A veces porque creemos que ya deberíamos conocer la respuesta; otras, porque aceptamos la primera explicación disponible sin detenernos a profundizar. Poco a poco, la certeza comienza a ocupar el lugar que antes pertenecía a la curiosidad.

Sin embargo, las grandes ideas rara vez nacen de una respuesta. Nacen de una pregunta. Los descubrimientos científicos, las obras de arte, los viajes y muchas de las conversaciones que transforman nuestra manera de ver el mundo comenzaron con alguien que decidió cuestionar aquello que parecía evidente.

Lo mismo ocurre en nuestra vida cotidiana. Preguntar nos permite aprender algo nuevo, comprender mejor a quienes nos rodean y desafiar aquellas ideas que hemos aceptado durante años sin volver a examinarlas.

La curiosidad no debería ser una característica exclusiva de la infancia. También puede acompañarnos durante la vida adulta si elegimos seguir observando, aprendiendo y cuestionando aquello que creemos conocer.

Quizá crecer no signifique dejar de hacer preguntas. Tal vez crecer consista en conservar la capacidad de asombrarnos, de dudar y de mirar el mundo con los mismos ojos de quien todavía encuentra algo nuevo en lo cotidiano.

Porque, al final, las respuestas nos ayudan a entender el presente, pero son las preguntas las que siguen abriendo el camino hacia todo lo que aún nos queda por descubrir.

Quizá hoy sea un buen día para volver a hacer una de ellas.


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1 comentario


Megan
08 jul

Siempre hay que mantener viva la curiosidad

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